¿Has hecho canopy? Es un deporte
de aventura. Consiste en deslizarse de un extremo a otro a la velocidad de un
rayo sujeto a un arnés. Es divertido si te propones disfrutar la sensación de
volar. Los escenarios son variados, depende mucho de la zona, puede ser un
valle o el vacío entre montañas. Hasta el momento sólo lo he practicado una vez
y fue en la localidad de Lunahuaná, ubicado en Cañete, el cual se encuentra a
unas 2 horas de Lima (cerquita no más). Puedes realizar un full day o quedarte
un fin de semana, depende de las actividades que quieras practicar. Sin dudas
diría que es una zona para ir a perder miedos y liberar mucha adrenalina, ya
que cuenta con otros deportes como el canotaje (recontra recomendado), ciclismo
y paseos en cuatrimotos. Por otro lado, cuenta con un excelente clima y la
gastronomía se basa mucho en camarones (riquísimo). Dato importante, en las
noches hay una señora en la plaza que vende caldo de mondongo, es buenísimo, después
de un día de canopy y canotaje (donde terminas empapado de pies a cabeza) cae
perfecto.
Bueno, en esta ocasión les quiero
contar que practicando estos deportes pude interpretar de manera más fácil ciertas
situaciones de la vida cotidiana. De eso se trata, de ir disfrutando y a la vez
prestando atención a lo que sucede para sacar provecho.
Yo soy una persona con miedo a
las alturas, cuando me encuentro en un lugar muy alto siento náuseas y mareos,
el famoso vértigo que probablemente alguna vez hayas experimentado. Sin
embargo, mis amigas me animaron hacer canopy y la verdad acepté porque me
contagié del entusiasmo de ellas (ya ves que las energías positivas suman),
podía sentir su adrenalina desde que pisamos el centro donde brindaban el
servicio. Obviamente, cuando ya estuve esperando con toda la indumentaria
encima y viendo a los demás ir de uno en uno hacia el otro extremo, me dije “diablos,
¿en qué estabas pensando?”. Me acobardé, pero ya no había vuelta atrás al menos
que quisiera perder el dinero pagado y malograrme a mí misma la nueva
experiencia. Pensé que viajar se trata de conocer y sentir más de lo que
normalmente sucede. En fin, llegó la hora, experimenté unas cuántas lanzadas
fallidas (tres, eso de asomarse y no lanzarse) y me lancé. Debo confesar que
cerré los ojos por ratos. Fue rápido, como un flash y no fue malo, al
contrario, fue una locura, pero esa no fue mi parte difícil. Mi verdadera
prueba fue cuando llegué al otro extremo y tenía que escalar un poquito para
llegar a una zona estable y trasladarme al otro cable para el retorno. No
miento, eran 5 escaleras (sí, cinco), consistían de fierros aferrados a la
pared de la montaña.
Me paralicé, mis manos empezaron
a temblar, mi vista se nubló y sentí que no podía hacer ni el más pequeño
movimiento, el estómago se me hizo un nudo. Habrán pasado 5 minutos a lo mucho,
pero para mí duró la eternidad. Me sentí suspendida en la nada, como estar en
medio de la oscuridad, sin tener la menor idea de qué hacer, ensimismada en
pensamientos como “me voy a caer y aquí queda todo”, “necesito que alguien baje
y me saque de aquí”. El instructor al comprender mi pánico empezó a alentarme
desde su posición, me dijo que respire y que tenía la capacidad para subir esas
4 escaleras restantes, me tendió la mano y siguió alentándome. Con cada
movimiento temblaba más, pero poco a poco pude llegar al último escalón y a la
mano del chico y salir de ese estado.
¿El miedo paraliza, verdad? Pude entender
que la mente trabaja de la misma manera ante una situación nueva o no cómoda. Primero
te aísla del entorno, para lanzarte pensamientos que atentan contra tu confianza,
te hace creer que pasará lo peor y encima lo exagera, una tragedia sucede en tu
mente y te angustia hasta nublarte el juicio. Luego, te hace sentir que
necesitas de alguien para avanzar, que hacerlo de manera individual es
imposible, pero ¿acaso alguien iba a agarrar mis piernas y levantarlas una tras
otra para apoyarse de cada escalón o iba a enganchar mis manos en los fierros? En efecto, NADIE, sólo yo. Las
demás personas que te brindarán ayuda serán como el instructor, te alentarán,
te recordarán que tú eres capaz y te brindarán apoyo, pero no se meterán en tu
mente para solucionarlo. En ese momento clarísimo cuando comprendí que la única
que iba a darle órdenes a mi cuerpo era yo, me esforcé por calmarme, respirar y
continuar el trayecto. La única persona que tiene la última palabra eres tú y
aunque haya miedo en el camino, avanza porque es la única manera de quitarle
poder sobre ti y en algún momento será muy chiquito y te reirás porque lucirá
insignificante. Te engrandecerás a ti mismo porque tienes la prueba de que
fuiste capaz. Y así puede suceder con muchos miedos en todos los ámbitos: miedo
a viajar solo, a empezar de cero, a enamorarte, a vivir solo, a luchar por un
proyecto, a mudarte, a escucharte, etc. Unos cinco escalones (graciosamente
insignificantes) pudieron mostrarme como
trabaja el miedo.
En mi caso aún quedan muchos
miedos en los que trabajar, pero de eso se trata de ir ganándoles la partida
uno a uno con seguridad y mucha paciencia (la ama y señora de las virtudes) y
se comienza decidiendo.
Paz y amor
Pd. Lo que te transmito se basa en la experiencia propia, son las interpretaciones de una simple mortal, pero si algo he aprendido es que lo bueno se comparte. Nunca está de más.