El tiempo se puede detener, no físicamente, pero si en tu
mente. Para mí se detuvo no hace mucho.
De pronto todo pasa a un décimo plano, como en una foto con
desenfoque, en el que tú mismo sales nítido y todo lo demás borroso. Así fue,
todo a mi alrededor se vio lejano y opaco. Y si me refiero a que el tiempo se
detiene es porque tu mente se queda atrapada en ese momento cuando todo cambió.
La mente repasa una y otra vez la situación, analizando cada detalle, tratando
de encontrar el error, la explicación de por qué sucedió. Haces memoria del
comportamiento previo, alguna lejana discusión o algún comentario que tal vez
pasó desapercibido y fue la alerta, pero nada. Después de hacerlo mil veces, el
resultado es el mismo. Sólo eres tú y
las voces de tu mente, con muchas preguntas y también justificaciones para la
otra parte. Es fácil pensar mal de uno mismo, lo primero que haces es echarte
la culpa. ¿Acaso hice algo mal? Empiezas a cuestionar tu personalidad, físico,
actitudes, creencias, cada parte de ti está en juicio. Y ese recorrido mental
es incansable.
Recuerdo que no importaba si tenía cosas que hacer, me sentí
en un verdadero piloto automático, sin entender por qué las hacía, las hacía y
listo. El exterior no existía. Sólo era yo en ese momento, atrapada,
sintiéndome encerrada en una caja, sin ver más que oscuridad y sentirme a mí
misma. Sentí dolor, recorría todo mi cuerpo, desde la punta de los pies hasta
el último cabello. Las lágrimas salían sin control y a veces ya no había más.
Me volví una experta en fingir ante los demás que estaba bien porque no quería
mostrarme débil. Sin embargo, eso me hizo más daño.
Todo lo que encapsulas en ti, te intoxica profundamente. Eres
como un recipiente que en algún momento se desborda si abusas de su capacidad
para retener.
Tengo un espejo en mi habitación que proyecta mi cama.
Recuerdo que me observaba a mí misma sin reconocerme, pero no me importaba.
Seguía en estado de shock. Absorta de todo y todos. Todas las veces que podía
estar sola me abrazaba a mí misma tratando de contenerme, dormía en un intento
de dejar de sentir, pero muchas veces hasta el sueño se alejó de mí. Me quedaba
a solas con mis pensamientos de incertidumbre. El agotamiento que sentía me
dejaba sin ganas de nada. Me preguntaba ¿en qué momento se acaba?
La buena noticia es que sí se acaba, es un trabajo duro y
largo, pero se dan grandes pasos cuando descubres que necesitas hacerlo por ti
y para eso necesitas mucho amor propio y admites que pedir ayuda es necesario.
Todo depende de lo que uno se esmere en hacer para salir de
esa atmósfera que creaste. Primero, aceptas que sucedió y no fue una pesadilla.
La realidad es difícil pero cierta. Segundo, hablarlo y para eso debes saber en
qué personas apoyarte, hablar del tema duele pero libera, escucha los consejos
y siente el soporte que te brindan. Tercero, reanuda tu mente, quita la pausa y
dale play, busca alguna actividad nueva porque eso mantiene concentrada a tu
mente, ya que no lo has hecho antes y se esforzará por entender lo que se
requiere. Cuarto, rescata los buenos momentos y sepáralos de todo, sólo es
apreciación, pero nada más. Quinto, y lo más difícil, entiende que es un
proceso, toma tiempo, habrán días buenos y malos, recuerdos negativos que
tratarán de regresarte al punto de partida. Reconstruir el amor hacia uno mismo
requiere de mucha paciencia y amabilidad.
Trataré de aterrizar la idea de salir de ese detenimiento
del tiempo mental. Y para esto rememoraré mi viaje corto a Canta.
Vivía semanas muy intensas en el trabajo. Me despertaba, no
desayunaba y me dirigía al lugar para sentarme a realizar mis actividades. Me
sentía abrumada, siempre me encontraba tratando de sacar más fuerzas de mí. Había
adquirido con una amiga un full day para visitar las lagunas que se encuentran
a lo largo de la cordillera de la Viuda, situadas principalmente en el
territorio de Canta. Esta provincia es un valle del río Chillón, ubicada al
noreste de la ciudad de Lima. La distancia es de aproximadamente 3 horas. Estábamos ilusionadas por liberarnos un
momento del estrés. Un día antes del viaje tuvimos una jornada exhausta. Llegué
a mi casa para bañarme, dormir una hora y salir al punto de encuentro con la
agencia encargada de la excursión. Llamé a mi compañera de aventuras, pero no logró
despertar. No pude escuchar el relato del guía porque sentía que no me quedaban
fuerzas y aproveché a compensar un poco las horas de sueño, hasta que llegamos.
Mis ojos se abrieron maravillados cuando visualicé la primera
laguna, llamada Chuchun. Estaba ante una maravilla de la naturaleza, una laguna
turquesa que reflejaba en sus aguas el firmamento, las nubes perfectamente
dibujadas y blancas como la nieve se alzaban curiosas en un cielo celeste. En
ese momento entendí que el mundo seguía estando allí, lleno de lugares
increíbles. Con cielos espléndidos llenos de nubes con figuras divertidas,
aguas de tonalidades esmeralda y turquesa, nevados imponentes y caminos marrones
que resaltaban la intensidad de los colores. Olvidé qué es lo que venía
haciendo todas esas semanas anteriores, fue como despertar de un largo sueño
repetitivo. Me senté a respirar y admirar lo que me rodeaba. ¿De todo esto me
estaba perdiendo?, ¿Por qué? es lo que pensé, si es maravilloso. Por qué
permitía que mis días fueran apagados si había mucho para disfrutar.
Visitamos más lagunas, una de ellas fue la de siete colores,
igual de hermosa y con tonalidades tornasoladas que resaltan a simple vista
entre el paisaje. También fuimos a la laguna de Yanac, Marcapomacocha, al nevado
la Viuda y terminamos el recorrido en la catarata Cariscapcha. Definitivamente
fue un shot de energía pura, disfruté tanto el día que me parecieron más.
Estuvo lleno de paz, tranquilidad y sobretodo conexión conmigo misma. Empecé a
distinguir los colores otra vez. Sonreía a consciencia y le permití a mi cuerpo
relajarse. Mi mente dejó de reclamar y sólo me quedé con la naturaleza. Me
sentí viva.
Algo así es descubrir que eres más fuerte de lo que crees y
que no estarás eternamente atrapado en un lapso de tiempo que no fue bueno. A veces
suceden situaciones en las que no tenemos nada que ver o se escapan de nuestras
manos, pero sufrimos el impacto y nos desarma. No es justo, pero con el tiempo
nos daremos cuenta que así debió ser. Debemos interiorizarlo como una
experiencia que nos traerá un cambio, un crecimiento personal que nos hará
disfrutar de la vida de una manera más real y satisfactoria.
No es fácil contar momentos tan vulnerables y mi intención
tampoco es indicarte que poseo la fórmula secreta para sanar, pero si cuento mi
experiencia es para hacerte saber que esto es algo por el que pasamos todos,
que la tristeza es parte del camino para crecer y debemos aceptarla como parte
de, pero no como un estado permanente. Hay muchos motivos para sonreír y uno de
ellos es descubrir nuevos lugares ;)